25 jun. 2018

En Japón

Mañana de un lunes, primera interacción en japonés del día.

 Una familia en la Torre de Tokio me pide que les saque una foto y todo emocionado les digo “はい私は写真を撮ります”, aunque que no sea necesario desde un punto de vista comunicativo, porque si te dan en la mano una cámara solo basta que asientes con la cabeza, pero quería vanidosamente alardear de mis habilidades lingüísticas con desconocidos... la familia no dijo nada. Les tomé la foto y salió bastante oscura por la ubicación... quería decirles “oscuro” una palabra que aprendí en Duolingo pero no la recordaba, así que en su lugar dije “no brillante” いいえ明るい, de una forma muy rudimentaria a pesar que había aprendido la forma correcta de decir “esta foto no está muy brillante” この写真は明るくないです, pero claro, carezco de la automatización necesaria para procesar esa frase con naturalidad. Aún así, la familia tampoco dijo nada y me miraron de una forma incómoda y luego se alejaron... y pienso seguro que pronuncié akarukunai mal... en ese momento se pusieron hablar y me doy cuenta que están charlando posiblemente en mandarín o cantonés.

 Una pausa en medio de la ajetreada urbe nipona. Me alegré de haber podido pedir mi orden correctamente... bueno más o menos: “grande latteをください、でもむしぼ milk” ... digo “milk” porque la última vez que traté de pronunciar leche en japonés no lo entendieron. También he pedido un pastel de matcha (aquí le ponente té verde a todo), y me he sentado lejos de la entrada puesto que cada vez alguien nuevo entra al establecimiento todos los empleados gritan “konichiwa” y “hayiyemachite” bien fuerte. En fin, estoy en un país cuya cultura apenas conozco, trituró su lenguaje a cada instante y aún así son muy amables conmigo. ¿Sería igual si fuera un refugiado?

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© Pablo Camus
Maira Gall