Metro

Mary Watson, Sutherland Place, Londres, mayo de 1978.  En el verano de 1977 viajé a Francia con mi amigo Hugh Marks. Yo entonces estudiaba Literatura en Oxford y vivía con el escaso importe de...

De pronto, se detuvo apenas a unos metros antes de llegar a mi estación. Guardé el libro y me puse a mirar que había pasado. No era nada, el maquinista solo esperaba que saliera el próximo metro antes de poder entrar. Suele pasar en hora punta.  Sentado, me quedé pensando si debería continuar mi lectura. Podía que estuviéramos esperando cinco minutos más, y quería saber lo que le pasaba a Mary Watson. Aún no sabía quién era ni que tenía que ver en la historia.

No me gusta leer when I commute by train. Es incómodo, ruidoso, lo que impide que me envuelva en la lectura. Encima, las historias de Bolaño estaban haciendo que recordara mi pasado, no muy lejano, cuando leía a orillas del Mediterráneo. Recuerdo mis lecturas hasta que caía el sol de s’horabaixa mallorquina. Mi rincón, unas colinas entre Cala Gat y Cala Agulla, solitario, donde podía sumergirme en mi lectura junto al ruido del mar chocando contra las rocas. En ese entonces, leía los clásicos hispanos y anglosajones: Becker, Quevedo, Cela, Unamuno, T. S. Eliot, Joyce. Ahora, que vuelto a vivir en el nuevo mundo, leo a algunos autores contemporáneos: Bolaño, Junot Díaz, Barnes (aunque más que nada leo artículos sobre lenguaje y cognición que solo un puñado de especialistas conoce).

Aún no puedo creer lo mucho que mi vida ha cambiado en tan pocos años.

Saqué el libro justo cuando los carriles se pusieron en marcha. En unos instantes, llegué a la estación de Silver Spring.  Aquel era el último día de mi trabajo de verano. Me esperaban cuatro semanas libres antes de comenzar de nuevo a enseñar. 

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