diciembre 25, 2010

Calurosa Navidad

Hace tiempo que no tenía una navidad con tanto calor...

Aún así, tengo pocas ganas de volver a la ola de frío de Europa.

¡Felices fiestas a todos!

diciembre 17, 2010

En altamar (o algo así)

Este es uno de los restaurantes más pintorescos de los que he ido estas semanas con la familia. Fue una velada encantadora con mis tíos. Estaba decorado como un barco; desde en la entrada en que el capitán nos venía a recibirnos, los marinos vestían de grumetes, y un inmenso esqueleto de un cachalote colgaba por sobre nuestras cabezas.

“Qué buena oportunidad”, pensé, “para probar todos los mariscos que no existen al otro lado del mundo: siempre recuerdo con nostalgia las machas, las almejas o los choritos. Así que de primero por supuesto me pedí unas machas a la parmesana: de hecho, considero que probar las machas a la parmesana es tan importante como leerse el Quijote. ¡Y qué buenísimas estaban!  Cuando tocaba pedir los segundos, me acordé de otro marisco que no existe en ninguna otra parte del mundo: ¡los locos! De hecho, por mucho tiempo estuvieron en peligro de extinción, por lo que la última vez que los probé habré tenido unos doce años. Obviamente, no me recordaba de su sabor. Pero siempre mis padres, y todo el mundo en Chile hablan de lo bueno que están los locos, y de cómo se exportan a Japón a precio de oro. Así que probé el chupe de locos que pidió otro comensal (aunque no estaba seguro lo que era exactamente “un chupe de”). Como se puede ver en la foto, se veía buenísimo.

¿Qué me pareció el sabor?

Mmm… creo que me quedo con las machas y las almejas.

diciembre 12, 2010

Camino a Santiago (de Chile)

Eran eso de las tres de la tarde del martes cuando Bárbara y yo salimos de la Terminal O’Higgins en dirección a Santiago de Chile. Bárbara fue una compañera de clase en enseñanza media y al día siguiente habríamos de juntarnos todos a un asado en el cerro San Cristóbal. Ella era una de las chicas más activas cuando íbamos a clases, en aquella década de los noventa. Siempre era parte de la presidencia del consejo de alumnos, del curso a la vez que siempre estaba metida defendiendo a los más desfallecidos, por lo que no es de extrañar que se hubiera metido a estudiar derecho. También recuerdo que tenía muchos sobrenombres: Baby, Gorda, Gordita, Gretolda, etc. Estos últimos años había pasado por momentos muy duros. Por eso mismo, lo que más me llamaba la atención, era que aún conservaba en su rostro esa candidez y sonrisa que siempre la había caracterizado.

Mientras entrábamos a la Región Metropolitana, le comenté acerca de un vecindario de ladrillos rojos que vi por la ventana del bus. Eran unos edificios muy feos, algunos se habían caído, imaginé que por el terremoto.

– Sí, hubo una gran polémica por esas viviendas – me contó Bárbara – el gobierno las construyó ahí para darles las casas a unos indigentes que vivían en un barrio callampa. El problema fue que esa gente no estaba acostumbrada a pagar por el agua, la luz, los gastos y muchos se declararon insolventes, y se tuvieron que ir.

– ¡Qué pena!

– Sí, pero no fue solo eso – agregó Bárbara – más adelante el gobierno instaló unas placas solares para reducir el nivel de vida de esa gente. Y por un tiempo estuvieron bien, pero con el terremoto la mitad de esas viviendas se fueron abajo.

– ¿No estaban hechas con sistemas anti-terremotos?

– Sí que lo estaban – me dijo – bueno en teoría. Más tarde se descubrió lo típico: los arquitectos las hicieron con unos materiales más débiles,  y así se robaron la plata.

– ¡Qué vergüenza!

– Así está este país. Por eso abandoné derecho en cuarto año.

– Por la corrupción, ¿no? – pregunté

– ¡Exacto! Es que este es un sistema caído, y si bien es cierto que aguanté cuatro años, llegó un momento que me di cuenta que tarde o temprano iba a tener que defender al violador de una niña pequeña. ¿Te imaginas? Cómo pretenden que yo dijera, “no, fue culpa de la niña de cinco años que la violaran”, ¿Cómo pretenden que estudie para hacer semejante aberración?

– Así está este mundo – agregué – yo siempre me pregunto si estamos llegando al día en que lo malo se convierta en bueno y lo bueno en malo.

– Pablo, me voy a operar para reducir mi estómago.

– ¿Qué? – pregunté sorprendido – pero si tú eres tan bonita tal como estás.

– No todos piensan como tú, Pablo – me comentó – quiero ser flaca, ya estoy cansada de que todos me digan la gorda…. ah, mira, llegamos a Santiago.

diciembre 05, 2010

La Teletón

Ayer fue uno de los pocos días de los que llevó aquí en los que estuve pegado a la pantalla, tanto del portátil como la de la televisión: por un lado estábamos todos atentos a lo que pasaba en los aeropuertos españoles, ya que mi hermana y mi padre eran unos de los muchos que se habían quedado sin vuelo en Barajas. Afortunadamente, pudieron despegar ayer por la noche después de haber pasado más de 24 horas en espera.

También y a ratos me ponía a ver lo que estaba pasando en la Teletón: aquel evento en ayuda a los discapacitados, que aunque copiado de los anglosajones, ya es una tradición chilena desde antes de haber nacido. Me hizo recordar mucho a los de mi tiempo. Don Francis sigue animándolo, y aparecen los mismos rostros de la televisión chilena de los noventa (claro que con muchas más arrugas y/o Botox). No era muy diferente… no era muy diferente claro, a excepción de que en mis tiempos no había reggaeton, con esos cantantes centroamericanos con sus pelos con mechas y collares de oro que se llaman Américo. Tampoco en mis tiempos estaba David Bisbal o Ricky Martín. Es decir, la iniciativa me sigue gustando pero el espectáculo ya se ha hecho un poco popular para mi gusto.

Aunque por otro lado, estuvieron artistas como Faith no More; es una pena que me los perdí.

Me alegra que se haya alcanzado y pasado la meta. Como ya las cifras grandes ya no las puedo computar en pesos, convertí a euros la meta alcanzada en la Teletón: 29 millones, es decir, más o menos el salario anual combinado de C. Ronaldo, Messi y Kaká.

diciembre 02, 2010

Rancagua

Hoy he despertado.

Tenía sueño con el cambio de horario; tanto sueño que era difícil delimitar el sueño y las horas despiertas. Las horas se alargan, los encuentros se multiplican, las emociones fluyen, y la alegría se entremezcla con la
melancolía.

Mi ciudad natal se expande y se destruye. El hombre eleva grandes edificios por sobre la estratosfera mientras que las fuerzas de la naturaleza se esmeran por abatir los antiguos: reliquias llenas de historia son abatidas por los suelos, el almacén de la señora de la esquina, mi colegio de la infancia, el supermercado Santa Isabel. También el terremoto se llevó al colegio Oscar Castro; lo curioso es que los versos del autor que estaban a la entrada del colegio homónimo aún se conservaban en la entrada, tal vez nadie los lee, pero siguen ahí.

Sin embargo, mis primeras impresiones son positivas. La Alameda, el paseo Independencia, la plaza de los Héroes, la intendencia, la municipalidad, y la estatua del Manso de Velasco permanecen inmóviles, como si todo se hubiera quedado resguardado esperando mi vuelta. La hierba se seca, en todas partes, menos en Nogales y en el Jumbo.

Muchos amigos ya no están. Emigran a Santiago, pocos se quedan para tratar de buscar fortuna en un lugar sin mucho porvenir para el hombre moderno. Algunos volvieron el fin de semana pasado, y fuimos a recordar los buenos tiempos. En momentos, parecía que nada había cambiado.

Me alegra volver a Rancagua después de cuatro años.