Jorge solía sufrir de migrañas cada vez que se encontraba en altamar, por lo que el hecho que tuviese una en ese momento sólo lo atribuía a un efecto placebo. Faltaba poco para que anocheciera. Llevaban unos diez minutos largos dando vueltas y vueltas en aquella diminuta pieza ovalada con techo de madera barnizado. Estaban dado un recorrido con otros turistas. Había un escritorio con una foto de algún difunto amigo del poeta, un globo antiguo color sepia, algunas cartas viejas, y muchos cuadros de capitanes y sus barcos. Jorge comenzaba a darse cuenta del error que cometieron al haberse detenido esa mañana a en Isla Negra. Seguro que llegarían tarde al hotel, no les quedaría tiempo para ir a cenar, además que su reunión en Valparaíso era temprano por la mañana. Raquel, sin embargo, insistió que no podían pasar por ahí sin siquiera visitar el hogar y el mausoleo del poeta, que era ahora un museo localizado a las orillas del mar en Isla Negra. A Jorge no le daba tanta ilusión estar allí como a su novia. El oleaje le mareaba, era como un taladro martillando su cabeza, a pesar que debían encontrarse a más trescientos metros de la orilla. Sin duda este joven arquitecto no entendía qué es lo que tanto le llamaba la atención a Raquel de aquel lugar. Para él, no era más que una colección de ostensiva pretenciosidad de timones, cuernos de narval, anclas y cosas exóticas que la gente pagaba por ver solo por el hecho de que en algún momento alguien se las regalo a un señor que le daba por escribir tonterías cuando estaba aburrido.
– ¿No te parece impresionante que Neruda haya decorado su hogar como si fuese un barco? – dijo Raquel con su delicada sonrisa color carmín – Estar aquí me hace sentir con más poder la intensidad de sus versos.
– A mí me da a entender que aquel que vivía aquí no era más que un pobre vanidoso – dijo Jorge con una sonrisa desabrida – será mejor que nos demos prisa, aún queda para llegar al hotel.
– Pensé que estábamos de vacaciones.
– Celebración de cumpleaños – le corrigió Jorge – recuerda que me prometiste que este viaje contaría como regalo de cumpleaños, ya que por el proyecto que tengo con la empresa, no podremos celebrarlo el mes que viene.
– Nunca estuve de acuerdo con eso – dijo Raquel.
– ¡Dijiste que lo estabas!
– Amor, si vas a casarte conmigo, tienes que aprender a saber cuándo miento.
– ¡Me mentiste!
– Mentira piadosa.
– Igual… no te entiendo.
– Si vas a entender a las mujeres, mejor que te pongas a leer a Neruda, que de todos fue el que más se acercó a ese ideal.
Jorge se impacientaba cuando se aproximaban a una discusión en la que sabía que no iban a ganar. Se quedó callado. Recordó cuando Raquel le dijo que se tenía que reír más; eso también lo irritaba. No sabía que decir, no era una persona aburrida pero es que no le interesaba absolutamente nada de lo que había en ese cuarto. La visita guiada le estaba pareciendo larguísima, el guía hablaba y hablaba con una calma de pueblerino; hablaba de fechas, anécdotas y eventos que no le interesaban en lo más mínimo. Raquel le solía hablar de la profundidad y sensibilidad de la figura del poeta, pero él no se interesaba mucho; la poesía, pensaba, al fin y al cabo eran solo palabras al aire, no hechos. Para él, eran los ingenieros, los médicos, los profesores los que cambian las cosas en este mundo, es decir, profesiones de verdad. Él como arquitecto construía casas y puentes, no como ese Neruda, que aunque no sabía nada de su vida, se imaginaba que seguramente se la pasó en esa casa escribiendo sus poemillas.
No sólo no entendía qué veía Raquel en Neruda, tampoco entendía a Raquel. Mientras la miraba embelesado sin prestar atención al guía o al grupo, se preguntaba cómo había terminado con ella. Era inquieta, unos años menor que él y le gustaba abrir las ventanas de la casa por la mañana. No le gustaba hacer planes a largo plazo. Se aburría con la prensa y las noticias tanto como él se aburría cuando lo llevaba a esas insufribles veladas de Jazz. No podía negar, sin embargo, su atractiva belleza innata; su pelo castaño, su piel canela, sus mejillas color frambuesa, su manera tan curiosa de caminar, todo le fascinaba cuando la observaba; mas al mismo tiempo era como un torbellino – no pasaba día en que no la pusiera nervioso, siempre moviéndose, siempre intentando hacer algo diferente, siempre con ese espíritu de niña pequeña. En este momento la ponía nervioso hasta esa forma tan curiosa que tenía de caminar. Eso combinado con ese ruido infernal de las olas no hacía más que sumirlo en una profunda ansiedad. Jorge, sin darse cuenta, da un largo bostezo que es percibido por casi todos. Raquel se molesta un poco.
– A ver, si vas a estar tan pesado, porque no te quedas aquí, mientras vamos al segundo piso para el resto de la visita – dijo Raquel algo malhumorada, aunque sin borrar esa alegría interna que le manaba de lo más profundo de sí.
– Como quieras – refunfuñó Jorge mientras se sentaba en un piso en la puerta y buscaba una aspirina en el bolsillo de su camisa – pero pórtate bien con la gente, no hagas alguna de tus tonterías.
Jorge se preocupaba de que Raquel siempre esta divirtiéndose y haciéndole bromas a la gente. Raquel le dio un beso en la mejilla con una sonrisa algo sarcástica y se marchó con el resto del grupo. No encontró ninguna pastilla, las había dejado en el auto seguramente. En ese momento Jorge estaba cansado de todo, ni tenía ganas de pensar en la aburrida reunión que le tocaría la mañana siguiente.
Jorge se puso a mirar alrededor para poder distraerse un poco, cuando de pronto le llamó la atención el mascarón de proa más hermoso que había visto en su vida. Estaba al lado de éste, por lo que no entiende como no se había percatado antes. Se llamaba María Celeste, o al menos eso decía bajo esta moza de madera. Era un mascarón de casi dos metros, llevaba un vestido celeste marino y un ciclatón blanco que cubría ligeramente sus pechos. Tenía el pelo castaño, largo y lacio, ojos azules intensos y una tez lechosa. Estaba sentada sobre una roca, como en cuclillas y sus suaves manos intentaban mantener su eterno equilibrio. No entendía el motivo, pero Jorge no podía evitar el dejar de contemplar aquella tan misteriosa musa. El efecto que aquella fémina de madera era algo que jamás había sentido. Casi podía escuchar un susurro que llamaba su nombre, sentía un tibio calor que manaba de sus manos de palo, y ahora las olas rompiendo fuera le sonaban como un murmullo que le calmaba el espíritu. Calma era lo que sentía al lado de María Celeste, una paz que en la vida jamás había sentido, una paz que ciertamente nunca le había ofrecido Raquel Contreras. Su migraña iba desapareciendo lentamente y su paz aumentaba al lado de esta curiosa mujer estática, tan calmada, tan hermosa que todos sus problemas parecían desvanecer. Parecía que lo cegaba con el azul de sus ojos y lo sumía en la más profunda letanía de la que nunca hubiese querido despertarse.
– ¡Jorge Mackenna, que haces mirando la estatua con cara de tonto! – gritó Raquel detrás de él para asustarlo.
Jorge efectivamente se asustó y llegó a dar un salto tan grande que se dio con aquel mascarón de proa, que a su vez, se dio con una estantería rompiendo una colección de porcelana tailandesa de valor incalculable. Al ver a su novio en el suelo, Raquel no pudo evitar reírse hasta más no poder de la situación. Jorge, por su parte, despertó de aquel extraño trance, con la angustia y la ansiedad de costumbre. Viendo semejante desastre, se puso a calcular los de aquella jugarreta que le había hecho. Su enfado no pudo con él y comenzó a dar gritos para que su novia dejase de reírse.
– Deja de llorar por los platos rotos – le dijo Raquel sin dejar de sonreír.
– Pero no te das cuenta que hemos roto la loza de Neruda– replicó Jorge cada vez más enfadado.
– Qué le importa a Neruda sus platos… está muerto, ¿no lo sabías? – dijo Raquel mientras cogía de la mano a Jorge – ¡Ya sé! Arranquémonos, el tour sigue en el segundo piso; si nos apuramos, cuando se den cuenta estaremos camino a Valpo.
– ¡No, no y no!– dijo Jorge ya alzando la voz con enfado – ¡basta! Estoy cansado de ti y tus tonterías. No nos vamos a ir, vamos a quedarnos y asumir los gastos que sean y punto final.
Por primera vez el visaje lleno de vida de Raquel se convirtió en un de espanto y desesperación. Raquel le soltó la mano, y comenzó a dar marcha atrás lentamente mientras lo miraba con angustia fijamente a los ojos. Jorge yacía en el suelo mirándola con unos ojos que parecían ligeramente arrepentidos de su último comentario.
–No…– balbuceaba Raquel tristemente – no puedo, no puedo casarme contigo.
– ¿Qué dices?
– ¡No puedo casarme con alguien que no esté dispuesto a romper algunos platos en su vida! ¡Te odio! – gritó Raquel llorando mientras se daba media vuelta corriendo hacia la salida.
Jorge intentó detenerla, le gritaba mas había salido del museo. Jorge se levantó súbitamente sin mantener el equilibrio, lo que ocasionó que se diese de bruces nuevamente en el bordillo de la puerta.
Mientras se sobaba y gemía por el nuevo golpe en la frente, levantó los ojos encontrándose con un señor sentado en un piso a su lado. Parecía tener unos sesenta años, su rostro era pálido como el de un fantasma, era calvo, llevaba una boina gris, un suéter marrón y fumaba tranquilamente su pipa mientras observaba los torpes movimientos de Jorge.
– Lo siento mucho…– dijo Jorge – prometo pagar…
– ¿Lo sientes? – le interrumpió aquel señor – espero que te refieras al hecho de estar aquí atrás junto a una inanimada mujer de madera, mientras dejas escapar al amor de tu vida por la puerta de en frente. Escúchame bien joven, si tú la dejas ir… ¡mueres! No me digas, que aún no te das cuenta que ese curioso nerviosismo que sientes cada vez que estás con ella, no es más que toda la vida que ella te transmite; esa risa, es el lenguaje de su alma rompiendo poco a poco ese corazón de piedra con que te encontró hace un año.
Jorge se quedó mirando por unos segundos ligeramente espantado, nervioso, con más de mil preguntas que le vinieron a la cabeza en aquel instante; no obstante sus palabras calaron en lo más profundo de su medula, lo que le hizo saltar de un brinco del suelo para partir corriendo hacia la puerta por donde Raquel se había marchado. En la puerta, pudo ver a Raquel a lo lejos ya entrando a la playa. Intentó gritarle, pero con el sonido de las olas no eran más que gritos en vano. Siguió corriendo por la playa, se sacó los zapatos para ir más rápido, y al cabo de unos cuantos minutos se encontraba a unos metros de ella.
Ya era el crepúsculo, Jorge le gritaba pero Raquel seguía corriendo y llorando. Jorge siguió corriendo hasta que pudo cogerla del brazo, la hizo darse vuelta, y con todas sus fuerzas le dio el beso más apasionado que había dado en su vida.
– ¡Perdón, perdón, perdón!… – dijo Jorge mientras la cogía fuertemente entre sus brazos. –Nunca quise hacerte enojar, nunca quise herirte… y perdona que no sea poeta. No tengo palabras bellas que susurrarte a tus oídos, sin embargo tengo algo mejor: te amo – te amo con locura; prometo pasar el resto de mi vida cuidándote y haciendo crecer ese amor que comencé a sentir por ti desde el primer día.
Los ojos de Raquel volvieron a resplandecer como de costumbre –ese ha sido el poema más lindo que jamás nadie me ha escrito– le decía mientras ambos se daban un abrazo apretado cerca de las olas.
– ¿Cuánto crees que nos queda hasta que el guía se dé cuenta del desastre que dejamos? – preguntó Jorge
– Con lo memo que parecía – dijo Raquel – al menos tenemos cinco minutos más.
– Pues será mejor que corramos.