Rancagua

Hoy he despertado.

Tenía sueño con el cambio de horario; tanto sueño que era difícil delimitar el sueño y las horas despiertas. Las horas se alargan, los encuentros se multiplican, las emociones fluyen, y la alegría se entremezcla con la
melancolía.

Mi ciudad natal se expande y se destruye. El hombre eleva grandes edificios por sobre la estratosfera mientras que las fuerzas de la naturaleza se esmeran por abatir los antiguos: reliquias llenas de historia son abatidas por los suelos, el almacén de la señora de la esquina, mi colegio de la infancia, el supermercado Santa Isabel. También el terremoto se llevó al colegio Oscar Castro; lo curioso es que los versos del autor que estaban a la entrada del colegio homónimo aún se conservaban en la entrada, tal vez nadie los lee, pero siguen ahí.

Sin embargo, mis primeras impresiones son positivas. La Alameda, el paseo Independencia, la plaza de los Héroes, la intendencia, la municipalidad, y la estatua del Manso de Velasco permanecen inmóviles, como si todo se hubiera quedado resguardado esperando mi vuelta. La hierba se seca, en todas partes, menos en Nogales y en el Jumbo.

Muchos amigos ya no están. Emigran a Santiago, pocos se quedan para tratar de buscar fortuna en un lugar sin mucho porvenir para el hombre moderno. Algunos volvieron el fin de semana pasado, y fuimos a recordar los buenos tiempos. En momentos, parecía que nada había cambiado.

Me alegra volver a Rancagua después de cuatro años.

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