diciembre 12, 2010

Camino a Santiago (de Chile)

Eran eso de las tres de la tarde del martes cuando Bárbara y yo salimos de la Terminal O’Higgins en dirección a Santiago de Chile. Bárbara fue una compañera de clase en enseñanza media y al día siguiente habríamos de juntarnos todos a un asado en el cerro San Cristóbal. Ella era una de las chicas más activas cuando íbamos a clases, en aquella década de los noventa. Siempre era parte de la presidencia del consejo de alumnos, del curso a la vez que siempre estaba metida defendiendo a los más desfallecidos, por lo que no es de extrañar que se hubiera metido a estudiar derecho. También recuerdo que tenía muchos sobrenombres: Baby, Gorda, Gordita, Gretolda, etc. Estos últimos años había pasado por momentos muy duros. Por eso mismo, lo que más me llamaba la atención, era que aún conservaba en su rostro esa candidez y sonrisa que siempre la había caracterizado.

Mientras entrábamos a la Región Metropolitana, le comenté acerca de un vecindario de ladrillos rojos que vi por la ventana del bus. Eran unos edificios muy feos, algunos se habían caído, imaginé que por el terremoto.

– Sí, hubo una gran polémica por esas viviendas – me contó Bárbara – el gobierno las construyó ahí para darles las casas a unos indigentes que vivían en un barrio callampa. El problema fue que esa gente no estaba acostumbrada a pagar por el agua, la luz, los gastos y muchos se declararon insolventes, y se tuvieron que ir.

– ¡Qué pena!

– Sí, pero no fue solo eso – agregó Bárbara – más adelante el gobierno instaló unas placas solares para reducir el nivel de vida de esa gente. Y por un tiempo estuvieron bien, pero con el terremoto la mitad de esas viviendas se fueron abajo.

– ¿No estaban hechas con sistemas anti-terremotos?

– Sí que lo estaban – me dijo – bueno en teoría. Más tarde se descubrió lo típico: los arquitectos las hicieron con unos materiales más débiles,  y así se robaron la plata.

– ¡Qué vergüenza!

– Así está este país. Por eso abandoné derecho en cuarto año.

– Por la corrupción, ¿no? – pregunté

– ¡Exacto! Es que este es un sistema caído, y si bien es cierto que aguanté cuatro años, llegó un momento que me di cuenta que tarde o temprano iba a tener que defender al violador de una niña pequeña. ¿Te imaginas? Cómo pretenden que yo dijera, “no, fue culpa de la niña de cinco años que la violaran”, ¿Cómo pretenden que estudie para hacer semejante aberración?

– Así está este mundo – agregué – yo siempre me pregunto si estamos llegando al día en que lo malo se convierta en bueno y lo bueno en malo.

– Pablo, me voy a operar para reducir mi estómago.

– ¿Qué? – pregunté sorprendido – pero si tú eres tan bonita tal como estás.

– No todos piensan como tú, Pablo – me comentó – quiero ser flaca, ya estoy cansada de que todos me digan la gorda…. ah, mira, llegamos a Santiago.

1 comentario(s):

  1. Hola, Pablo, llegué a tu blog por un contacto de un contacto..., me pareció muy bueno. Voy a seguirte.
    Aprovecho la oportunidad para invitarte al mío.
    Un saludo desde Argentina.
    Humberto.

    www.humbertodib.blogspot.com

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