Calurosa Navidad

Hace tiempo que no tenía una navidad con tanto calor...

Aún así, tengo pocas ganas de volver a la ola de frío de Europa.

¡Felices fiestas a todos!

En altamar (o algo así)

Este es uno de los restaurantes más pintorescos de los que he ido estas semanas con la familia. Fue una velada encantadora con mis tíos. Estaba decorado como un barco; desde en la entrada en que el capitán nos venía a recibirnos, los marinos vestían de grumetes, y un inmenso esqueleto de un cachalote colgaba por sobre nuestras cabezas.

“Qué buena oportunidad”, pensé, “para probar todos los mariscos que no existen al otro lado del mundo: siempre recuerdo con nostalgia las machas, las almejas o los choritos. Así que de primero por supuesto me pedí unas machas a la parmesana: de hecho, considero que probar las machas a la parmesana es tan importante como leerse el Quijote. ¡Y qué buenísimas estaban!  Cuando tocaba pedir los segundos, me acordé de otro marisco que no existe en ninguna otra parte del mundo: ¡los locos! De hecho, por mucho tiempo estuvieron en peligro de extinción, por lo que la última vez que los probé habré tenido unos doce años. Obviamente, no me recordaba de su sabor. Pero siempre mis padres, y todo el mundo en Chile hablan de lo bueno que están los locos, y de cómo se exportan a Japón a precio de oro. Así que probé el chupe de locos que pidió otro comensal (aunque no estaba seguro lo que era exactamente “un chupe de”). Como se puede ver en la foto, se veía buenísimo.

¿Qué me pareció el sabor?

Mmm… creo que me quedo con las machas y las almejas.

La Teletón

Ayer fue uno de los pocos días de los que llevó aquí en los que estuve pegado a la pantalla, tanto del portátil como la de la televisión: por un lado estábamos todos atentos a lo que pasaba en los aeropuertos españoles, ya que mi hermana y mi padre eran unos de los muchos que se habían quedado sin vuelo en Barajas. Afortunadamente, pudieron despegar ayer por la noche después de haber pasado más de 24 horas en espera.

También y a ratos me ponía a ver lo que estaba pasando en la Teletón: aquel evento en ayuda a los discapacitados, que aunque copiado de los anglosajones, ya es una tradición chilena desde antes de haber nacido. Me hizo recordar mucho a los de mi tiempo. Don Francis sigue animándolo, y aparecen los mismos rostros de la televisión chilena de los noventa (claro que con muchas más arrugas y/o Botox). No era muy diferente… no era muy diferente claro, a excepción de que en mis tiempos no había reggaeton, con esos cantantes centroamericanos con sus pelos con mechas y collares de oro que se llaman Américo. Tampoco en mis tiempos estaba David Bisbal o Ricky Martín. Es decir, la iniciativa me sigue gustando pero el espectáculo ya se ha hecho un poco popular para mi gusto.

Aunque por otro lado, estuvieron artistas como Faith no More; es una pena que me los perdí.

Me alegra que se haya alcanzado y pasado la meta. Como ya las cifras grandes ya no las puedo computar en pesos, convertí a euros la meta alcanzada en la Teletón: 29 millones, es decir, más o menos el salario anual combinado de C. Ronaldo, Messi y Kaká.

Rancagua

Hoy he despertado.

Tenía sueño con el cambio de horario; tanto sueño que era difícil delimitar el sueño y las horas despiertas. Las horas se alargan, los encuentros se multiplican, las emociones fluyen, y la alegría se entremezcla con la
melancolía.

Mi ciudad natal se expande y se destruye. El hombre eleva grandes edificios por sobre la estratosfera mientras que las fuerzas de la naturaleza se esmeran por abatir los antiguos: reliquias llenas de historia son abatidas por los suelos, el almacén de la señora de la esquina, mi colegio de la infancia, el supermercado Santa Isabel. También el terremoto se llevó al colegio Oscar Castro; lo curioso es que los versos del autor que estaban a la entrada del colegio homónimo aún se conservaban en la entrada, tal vez nadie los lee, pero siguen ahí.

Sin embargo, mis primeras impresiones son positivas. La Alameda, el paseo Independencia, la plaza de los Héroes, la intendencia, la municipalidad, y la estatua del Manso de Velasco permanecen inmóviles, como si todo se hubiera quedado resguardado esperando mi vuelta. La hierba se seca, en todas partes, menos en Nogales y en el Jumbo.

Muchos amigos ya no están. Emigran a Santiago, pocos se quedan para tratar de buscar fortuna en un lugar sin mucho porvenir para el hombre moderno. Algunos volvieron el fin de semana pasado, y fuimos a recordar los buenos tiempos. En momentos, parecía que nada había cambiado.

Me alegra volver a Rancagua después de cuatro años.