Obradores de maldad

"Por supuesto que un anciano alemán con un sombrero rocambolesco va a saber todo lo que necesitamos acerca de nuestra sexualidad", decía un transeúnte sarcástico que pasaba en frente de la cámara de Televisión Española.

¿Por qué meterse tanto con el Papa? Ya dudo que el pobre anciano sepa lo que está diciendo. En el fondo, no es más que junto a la Capilla Sixtina o la Catedral de Santiago una mera reliquia de un pasado “glorioso”. Es como la reina de Inglaterra: mucha pompa, trajes extravagantes, reuniones con señores importantes, mas ambos tienen nada o muy poco poder. En el fondo los tenemos porque decoran. 

Otra cosa diferente es lo que el papado puede representar para ciertas comunidades en las que la Iglesia Católica ha ejercido a través de los siglos abusos en todos los sentidos posibles. 

No me gusta atacar la fe de nadie. Está claro que no podemos negar que ha habido en todas las épocas muchas Sor Teresas y muchos Martin Luther King que no han hecho otra cosa que dedicar su vida a ayudar a los más necesitados, predicando amor, igualdad y esperanza. 

Mas tampoco hemos de olvidar que en toda época han existido aquellos curas pedófilos: la iglesia no lo suele mencionar, pero el Concilio de Trento creó los confesionarios para evitar el abuso sexual que los curas hacían a sus feligreses. Tampoco hay que olvidar a esos papas y religiosos malvados: esos que utilizaron el nombre de Dios para su propio provecho y egoísmo. Esa gente que infunde miedo, manteniendo a la gente en ignorancia: organizando cruzadas, persiguiendo la ciencia y el saber y siendo intolerante con quién es diferente o no sigue la ortodoxia.

Siempre me he preguntado si todos esos Torquemadas de la historia leyeron alguna vez la Biblia. Jesús dejó bien claro lo que pensaba de aquellos indesables:

Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre lanzamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les responderé: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad. (Mateo VII 22-23)

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