No me gusta Halloween

No me gusta Halloween. No me interesa disfrazarme, ni mucho menos que niños que no conozco vengan a pedir dulces. El único recuerdo de esta fiesta que tengo de mi infancia es el especial de Charlie Brown de Halloween en el que Linus esperaba en el huerto a la Gran Calabaza. También recuerdo cuando a Charlie Brown llevando un disfraz de fantasma con un montón de agujeros le daban sólo piedras cuando iba a pedir caramelos.

De todas maneras, también me huele a algo demasiado foráneo. No es que sea antagónico a lo extranjero, pero ojalá copiáramos fiestas que fueran más de provecho: por ejemplo, el día de Acción de Gracias, Thanksgiving: no hay regalos, ni culpa, ni dogmas, sólo juntarse en familia, comer juntos y dar gracias sin esperar nada a cambio.

El único problema: para eso más familias tendrían que estar unidas.

El problema de quejarse

Este es una entrada que leí hace unos días en el blog de Seth Godin:

“Lo primero es que quejarse no funciona. Puedes quejarte del gobierno, de tus amigos, de tu trabajo o de tu familia, pero será más que una pérdida de tiempo.

Lo que es peor ... mucho peor ... es que el quejarse es un placebo inverso. Si te conviertes en alguien bueno para quejarse, comienzas a darte cuenta de evidencia que hace que el quejarse sea aún más real. Así te amplificas y te sumerges en una ola de quejas, creando así más pruebas, más cosas de las que vale la pena quejarse.

Si pasas el mismo tiempo hablando sobre lo optimista que eres, habría que trabajar muy duro para hacerlo una realidad ...”

Por esto mismo,  a partir de ahora hay nuevas reglas:
1. Cada vez que te quejes de algo, habrá que buscar dos cosas por las que vale la pena ser optimista.
2. Por cada vez que te quejes de alguien, habrá que crear dos panegíricos.
3. Nunca, nunca, nunca quejarse de cosas abstractas (como la gente o el mundo en general) o de la compañía de teléfonos.

Este es el comienzo de mi campaña, o tú influencias al mundo, o el mundo te influencia a ti.

Hablando de cine en Barcelona

Esta semana me encuentro Barcelona, y como ya he visto todos los sightseeings habidos y por haber, lo he pasado más que nada leyendo en la terraza de algún café, madrugando para hacer trámites o teniendo conversaciones interesantes. Ayer estuve en el piso de un amigo de la infancia, Sebastián que trabaja en la Nike y comienza a hacer sus pinitos en el mundo del cine. Lo que más recuerdo de él era cuando íbamos a clases de natación en la piscina municipal y lo gran fascinación que sentía por Michael Jackson. Por esto mismo me alegré mucho al saber que su primera película era un documental del rey del pop (Michael Jackson: Controversia y Fascinación). Estuvimos hablando de esto mientras nos tomábamos unas cervecitas y escuchábamos rock de los ochenta. 

También me comentó que está en otro proyecto que se estrena en los cines en febrero pero no estoy autorizado de comentar. A Sebastián le pareció raro que comiera Pringles con Kétchup. Le pregunté por qué se había ido de Santiago y me explicó que allí lo había intentado mucho, pero que para actuar le pedían muchos años de experiencia. Aquí le pedían sólo ser bueno. Ha trabajado conoce a Roberto Cairo, el que sale en Cuéntame. Me contó que en cambio en Santiago también trabajo con actores de la tele, que sólo le decían lo mala que era. Había mucho elitismo, especialmente cuando trabajaba en teatro. Siempre hay gente que trata de elevar un medio por sobre el otro.

Antes de irme fuimos a la cochera y me enseñó su moto. No recuerdo el modelo, pero era como una Harley pero pequeña, se podía conducir con carnet de coche. Al despedirnos bajé pensando que era una pena tener que emigrar para encontrar oportunidades.