La noche del domingo

El partido lo fui a ver al bar de David. Al parecer, el canal alemán por el que se estaba transmitiendo tenía la imagen un poco en diferido, ya que los fuegos artificiales comenzaron unos segundos antes de que Iniesta marcase el gol. A partir de ahí, todo se transformó en una orgía de abrazos, gritos y cánticos. David fue el primero en darme el abrazo, luego Lino, luego viene Basti, y después fue un montón de abrazos de gente que ni conozco. Veo las celebraciones por las calles; un montón de carromatos llenos de gente en rojo celebrando la victoria de su selección. La alegría desborda las calles, me encuentro con Miguel Ángel y Marcos y les doy un abrazo, mientras otro alegre desconocido nos tira champagne desde el otro lado de la calle. En medio de la celebración, vuelvo al bar, y me siento en frente del proyector donde vi el partido, ya que no quiero perderme la entrega de la copa.

Mientras me sentaba, siento súbitamente un frío líquido correrme por la espalda. Era David que me tiraba una botella de agua con gas. Al parecer, para los chilenos no alcanzaba el champagne. Los gritos continúan, llega también Monroy, Maik, Davinia, Mica y Santi para los abrazos correspondientes. Nos tomamos todos unos chupitos de colores rojo y amarillo, muy dulces, y que había que mantener en la boca por diez segundos. Luego veo cuando Casillas levanta la copa. Creo que he sido el único en todo el bar en verlo, ya que la mayoría estaban medio borrachos a eso de las once, otros simplemente estaban celebrando y ni se enteraron. Hablando de borrachos, un alemán pedo se me acerca para felicitarme por la copa, y de partida se pone a hacer cánticos en español que yo no había escuchado desde los Payasos de la Tele: “¡alabín, alabán, alabín, bon ban!”. Luego viene otro alemán, o a lo mejor era andaluz, ya que en ese estado de ebriedad que tenía es difícil diferenciar acentos, y me invita a una caña así no más. Luego vuelvo a salir fuera del bar. Me llama Gabe, pero hay tanto ruido por las calles, que me es imposible escuchar lo que me decía en el teléfono.

Mientras tanto, se seguía escuchando en el bar esa canción típica que ponen en cualquier corrida de toros de una serie americana. Luego por las calles era todo; “campeones, campeones”. En eso justo, David me pregunta si tengo hambre. Voy al Ham-Ham a comprarnos un par de hamburguesas. Esta hamburguesería es más concurrida por españoles y la euforia es total. Hay un pulpo inflable en la puerta con una bufanda de España. Mientras espero mi orden, veo en la tele las celebraciones del partido en Madrid, Barcelona, París, Roma, etc. A continuación, mientras voy de camino de vuelta, me encuentro con Walter, el argentino que trabaja en Cocos’.

- Che, yo te digo, si los españoles son malos para celebrar, si muy flojos, tenés que ver cómo sería de loco y la buena onda si estuviéramos en Argentina.

Luego vuelvo a entrar, y me encuentro con Michi. ¡Qué contento que estaba! Me dio un abrazo de esos incómodos que duran como treinta segundos. Después de comer con David, me siento en la barra y tomo agua, a lo que vuelve Michi y me pregunta qué hago con eso. Mientras me la tira por el cuerpo me invita a una cerveza. De un momento a otro estamos todos empapados y aún quedan fuerzas para gritar. Yo mientras tanto, me pongo a estornudar y le pido a David que me preste una camisa, ya la tenía empapada.

Así fue la noche del mundial. Podría seguir contando, pero lo que vino a continuación ya era más parecido a cualquier otra noche, con la mayoría borrachos y celebrando. Fue una noche muy entretenida.

A lo mejor es sólo fútbol, a lo mejor la gente el lunes se levantó con las mismas hipotecas, el mismo trabajo y sin ningún número premiado. Pero da igual, porque España ganó el mundial, lo que al menos significa una semana de caras alegres, optimismo y buen rollo en todas partes. Y francamente, en los tiempos que corremos, vivir una semana en una país optimista es un lujo que unos pocos habitantes de este mundo habrán de experimentar.

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