Aliens en la Araucanía

Lo que voy a contar me sucedió hace más de trece años, aunque por ser tan vivos aquellos recuerdos en mi cabeza aún me es posible recordar ese ansioso y nervioso desconcierto que sentí con mis primos, al ser testigos de los fenómenos de aquella noche. Eran los años noventa. Solía ir de vacaciones con mis primos y abuelos a la región de la Araucanía. Ciertamente es una tierra llena de leyendas, magia y prodigios. Por esta razón mis primos y yo, que éramos muy sensibles a lo sobrenatural, manteníamos la viva esperanza de encontrarnos con algún espíritu, fantasma, trauco o caleuche merodeando por aquellos bosques, lagos y volcanes. Algún día, pensábamos, en aquellos montes bajo alguna de esas araucanas de más de mil años estaría el ánima de Lautaro o Caupolicán la cual nos transportaría por los páramos más salvajes de aquellas regiones. Sin embargo, aunque siempre creímos en la posibilidad de encontrarnos con lo fantástico, nunca imaginamos que nos fuésemos a encontrar con extraterrestres.

Rodrigo, Sebastián y yo éramos pequeños, pero sabíamos muy bien de lo que estaban siendo testigo nuestros ojos. No estábamos aterrorizados, pero sí algo nerviosos, aunque a la vez nunca habíamos sentido tanta emoción. El tibio viento estival apenas refrescaba el tenso ambiente de aquella seca noche de febrero. De cerca se sentía el sonido de las olas del lago Calafquén rompiendo las piedras de aquel peñón en el que nos encontrábamos, los pájaros carpinteros hacían sonar aquellos viejos trocos secos y el silencio se adueñó de todos nuestros sentidos. Ningún ruido en el exterior nos distraía, y ya nada nos importaba, ni siquiera el hecho de habernos escabullido de noche sin permiso de los abuelos, o de haber dejado a Juanjo sólo en la cabaña durmiendo. Por ahora, los tres mirábamos al cielo confundidos, temerosos, pero maravillados de lo que podría estar a punto de pasar. Aunque quería barajar la posibilidad de que todo tuviera una explicación lógica, no podía parar de sentir más fuerte que nunca que lo que estaba sucediendo en el cielo era un prodigio nunca visto.

– No podemos quedarnos aquí – les dije a mis primos – hay que avisarles a las autoridades lo antes posible que estamos ante una invasión marciana.

– ¿Qué te hace pensar – dijo Rodrigo – que esas intensas luces en el cielo son seres de otra galaxia? A lo mejor son satélites de la CIA, o tal vez solo son estrellas fugaces.

– ¿Y cómo sabes que son de Marte? – me dijo Seba – odio la gente que mezcla el término marciano con extraterrestre. Obviamente no son marcianos, ya que está comprobado que no hay vida en el planeta rojo. Te agradecería que hablaras con propiedad y los llamases extraterrestres o alienígenas.

– Está bien, perdona – le respondí – les llamaré alienígenas; respondiendo a tu pregunta Rodrigo, eso sería imposible, no pueden ser satélites, que yo sepa nunca van en grupo. No hay otra explicación, son alienígenas.

– Creo que tienes razón – dijo Rodrigo –y tampoco pueden ser estrellas fugaces, ya que nunca se moverían de aquella manera tan aleatoria, dando vueltas de un lado a otro pero en grupo. Es increíble que parezcan los típicos platillos voladores que se ven en la ciencia ficción. Todos brillan casi tanto como la luna. Es increíble la manera en que se mueven: juntos haciendo giros aleatorios para luego todas las naves juntas hacer círculos en el cielo.

– Créeme, estos son alienígenas. – dijo Seba – Sabía que algún día invadirían este planeta… sólo que tenía la esperanza que para entonces ya tuviéramos los medios necesarios para combatir su avanzada tecnología de combate. Esas vueltas tan extrañas son la señal que sus naves están haciendo una danza de guerra, así como las hacen los indios. Y hablando de mapuches, ¿no dije yo que la profecía de la Machi que nos encontramos en la feria artesanal era real?

– Esa no era una Machi – le dije – no era más que una señora mapuche pechugona que se quejaba de la ocupación de sus tierras.

– Sí era una Machi – me respondió Seba – tenía una tienda llenas de pócimas y encantamientos, Juanjo y yo vimos como hacía unos encantamientos para curar a un enfermo.

Fuera verdad o no que la señora fuese un hechicera mapuche (para mí y Rodrigo no era más que la señora que vendía indios pícaros) lo cierto es que es por ella que estábamos allí esa noche. Aquella tarde habíamos estado en la Feria Artesanal de Villarrica con los abuelos. Sebastián y Juan José habían ido a la tienda de la señora mientras yo acompañaba a Rodrigo a comprarse una cortapluma. Según los pequeños, ella les dijo que muy pronto sería el fin del mundo, como estaba pregonado en las leyendas de su pueblo. Y puesto que Sebastián y Juan José apenas tienen 7 y 8 años, para ellos muy pronto significaba esa misma noche, así que estaban seguros que hoy sería el fin del mundo. Yo no podía creer que fuesen tan ingenuos de creer cuentos de brujas, cuando en realidad era sólo la señora arisca que vestía un poncho y de la que ni siquiera estaba muy seguro que fuese mapuche. Al parecer también les había dicho que serían seres de otro planeta los que se encargarían de sembrar el caos y traer el fin, pero yo creo que eso se debe a que los pequeños escucharon lo que querían escuchar, incluso si fuera una machi de verdad, no me la imagino hablando de extraterrestres.

Una vez de vuelta en la cabaña, Sebastián nos insistió tanto a mí y a Rodrigo, que al final accedimos a ir a la península aquella la noche, ya que allí, pensaba, seriamos los primeros en avistar la invasión alienígena. Rodrigo era el que más se oponía en desobedecer a los abuelos, pero luego lo convencimos gracias a su amor por las estrellas, y aunque no viésemos ovnis, probablemente con la poca luz que hay, se verían todos los astros del hemisferio sur. Esperamos que los abuelos y Jimena se durmieran, y cuando al fin lo hicieron nos escabullimos. No llevamos al pequeño Juan José porque dormía como un tronco, y Rodrigo nos dijo que su hermano no tenía buen despertar.

Habían pasado veinte minutos desde que llegamos al mirador de la península, y estábamos atónitos ante los eventos que ocurrían en frente de nuestras narices. Los tres sentíamos un inquietante nerviosismo que nos provocaba desconcierto y emoción a la vez, y aunque no queríamos que los extraterrestres acabaran con nosotros y con el mundo, al mismo tiempo lo que más queríamos era ver el poderío bélico de aquellos seres.

–Tenemos que hacer algo – dijo Rodrigo – huyamos, volvamos a casa al menos para vivir estas últimas horas con nuestros seres queridos.

– Es demasiado tarde – respondió Sebastián – ya parece que han comenzado a atacar. A lo lejos escucho sus rayos desintegradores destruyéndolo todo.

– Sí, yo también los escucho – les dije – es como un rayo electrónico, como los que se ven en las películas, a lo mejor están desintegrando el otro lado del pueblo. Es verdad lo que dices Seba, probablemente no llegaremos a tiempo, antes que todo sea destruido, pero al menos deberíamos intentar volver.

– ¡No! – Replicó Sebastián – a mí nadie me mueve de aquí. Tengo una posibilidad única de ver extraterrestres en mi vida, y no la voy a desperdiciar. Sí, me van a matar, que sea así, pero al menos me iré de este mundo feliz.

– Seba no nos podemos quedar aquí– le regaño Rodrigo – ¿sabes lo que te harán sí te cogen?

–No tengo ni idea, nunca he visto a uno. ¿Y Tú?

– Bueno, tampoco no tengo idea. Pero seguro que no es nada bueno, así que mejor nos vamos.

– A ver será mejor que analicemos la situación – interrumpí – ¿Qué hacemos? ¿Corremos y vemos por última vez a la familia o morimos en manos de los aliens?

– Tenemos que volver – dijo Rodrigo – nuestras familias nunca nos lo perdonarán y además…

– ¡Qué más da! – le interrumpió Seba – Ya no nos van a poder castigar. Además creo que el Tata querrá que nos quedemos aquí y luchemos en lugar de salir corriendo. Es verdad, moriremos, pero al menos moriremos luchando como alguna vez lo hicieron los grandes Toquis que lucharon con tanta valentía en estos montes.

– Sí pero no podemos dejar de…

– ¿Y acaso tú no eres un boy scout? – le volvió a interrumpir Seba – ¿acaso no es tu deber proteger a los necesitados? Pues ahora toda la humanidad nos necesita. A lo mejor no servirá de nada, pero es nuestro deber, y hay que cumplirlo.

Ante las razones del pequeño Seba, Rodrigo no pudo discutirle más. Le ha tocado su vena de explorador, y ante todo él sabía que tenía un deber que cumplir. Era el más ordenado y cumplidor, pero también no se perdonaría jamás el haber huido. Entre todas las historias del Tata, las películas, y los dibujos animados, sabíamos perfectamente que a todos nos llegaba el momento de huir o de enfrentarse al mal.

Nuestro momento había llegado. Rodrigo saco su cortapluma y rápidamente se hizo una lanza con unas rama larga que había en el suelo. Sebastián cogió un pequeño troco redondo y ovalando por un lado, pero con una rama robusta que le salía por otro, por lo que tenía forma de maza. Yo cogí unos piñones que había en el suelo y con una cuerda que encontré en el camino, cree una especie de boleadora, bastante poco efectiva. Salimos del mirador, y fuimos en dirección a la playa chica, ya hasta allí parecía que se aproximaban las brillantes naves espaciales.

Al bajar vimos troncos caídos y mucha vegetación seca que le atribuimos a que los extraterrestres ya habían comenzado sus planes de conquista. Los alienígenas estaban acercándose. Apagamos nuestras linternas rápidamente, salimos de la ruta principal y nos escondimos entre unas araucanas, ya que eran los árboles más grandes y frondosos del lugar. Había un hueco entre las raíces en el cual nos metimos. Mientras tanto, escuchamos a lo lejos una ramita quebrándose, lo que lamentablemente no podía significar otra cosa que había patrullas alienígenas inspeccionando la península. Los pasos se hacían cada vez más cercanos, y a lo lejos una luz comenzó a dar vueltas. Estaban aquí

– Bueno aquí están –Susurré a Sebastián – por fin vas a tener tu encuentro cara a cara.

– ¡Sí! – Exclamó Sebastián con mucho entusiasmo – No se me ocurre otra manera mejor de morir. Aunque siento mucha pena que el Juanjo no esté con nosotros. ¡Qué bien nos los hubiéramos pasado!

Creo que Rodrigo y yo también teníamos mucha curiosidad de ver cómo eran estos seres. Había tantos formas de los que podían aparecer; humanoides, reptiles, gigantes, monstruos etc., que cada uno se estaba haciendo una imagen mental de lo que podía ser.

– A lo mejor no nos matan– dijo Rodrigo– a lo mejor están en fase de exploración y nos llevan cautivos a su planeta.

– ¡Sí! Aún mejor – dijo Seba – sí fuera así me gustaría que me hicieran parte de su circo, así me daría la oportunidad de conocer todo el planeta.

– No recuerdo de ninguna película que los extraterrestres tuvieran un circo – les dije – lo más probable es que te lleven a tus laboratorios a hacer pruebas.

– ¡shh! – dijo Rodrigo– se están acercado. En unos segundos aquella luz, que seguro que sale de su ojo, nos va alcanzar. ¿Esperamos que nos ataquen o atacamos nosotros?

–Atacamos – le respondí – al menos así tendremos el elemento sorpresa. ¿Seba, estás listo?

– He estado toda mi vida listo para este momento.

Los tres salimos de detrás de la araucaria y nos dirigimos hacia aquella extraña luz. Rodrigo era él primero ya que era el único que andaba con un cuchillo. Los tres teníamos nuestras improvisadas armas en posición de combate lanzando gritos de guerra, aunque con nuestras agudas cuerdas vocales de niños parecían los gritos de una mujer cantando con la voz desafinada. Lamentablemente, mientras corríamos hacia aquella luz, me tropecé con un cordón que tenía desabrochado y me caí encima de Rodrigo haciendo tropezar también a Sebastián. La luz estaba encima de nuestras cabezas, mientras yacíamos desilusionados de nuestra mala suerte. Pensábamos en lo vergonzoso que sería morir de esta forma tan torpe. Sin embargo, en lugar de un rayo desintegrador, lo que había detrás de aquella luz era una voz más que familiar.

– Por fin los encontré, estaba seguro que habían venido a la Península.

Era Juan José. El pequeño apenas de siete años nos había estado siguiendo toda la noche. Sebastián se alegro mucho de tener a su compañero de juegos en la lucha contra los alienígenas. Probablemente ya lo sabía, ya que seguro que había visto las luces de las naves espaciales. Sebastián apuntó al cielo y le dijo:

– No vas a creer lo que hemos visto – le preguntó Sebastián – Mira esas luces que hay en el cielo. ¿Sabes lo que son?

– Sí, las luces que salen de la disco que hay en la playa. ¿No te acuerdas que la tía Jimena nos lo explicó ayer?

– Ah, es verdad. Se me había olvidado.

6 comentarios:

  1. El Seba es el tan el Seba jajaja
    que lindos recuerdos, que aventuras más especiales, si todavía sueño, si aún busco desesperadamente por la aventura y la exploración, es porque aprendirlo a hacerlo con ustedes en el Sur...
    te felicito Pablo!

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  2. Jajajaja
    Ahora hay que repetirlo con extraterrestres de verdad.
    Dicen que cerca de ahi, en la isla Friendship hay una base subterránea.

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  3. Muy bueno! Acabo de volver de Pucón (nunca había ido a Chile antes) así que me encantó encontrar este relato sobre aquellas tierras.
    Muchas noches, además, veíamos sobre el lago Villarrica unas luces semejantes, las nuestras nos hacían pensar en rastreadores de aviones de la II Guerra... pero también eran de la disco del Hotel Pucón a varios kilómetros de distancia.

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  4. Qué envidia que hayas podido estar por la región de la Araucanía, yo hace mucho que no voy, y que risa que hayas tenido una experiencia similar a la mía.

    ¿Participas en el blog del río Wang? Es que me parece que un profesor de mi uni participa ahí, A. Bernat.

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