Sabiduría griega

Eran las ocho y media y ya íbamos por la tercera ronda. Había conocido a Dimitris unas horas antes; era un ateniense que estaba estudiando en Inglaterra y estábamos alojándonos en el mismo albergue en Londres. Me cayó bien desde el principio ya que a los dos nos gustaba hablar de política, historia y filosofía, aunque se notaba que tenía unas ideas bastante extrañas. Llevábamos dos horas hablando hasta que no nos quedó nada más de que charlar. Había silencio. Siempre me siento incómodo en estas pausas.

Me gusta está pinta, es la mejor cerveza que he probado aquí – le dije, más que nada por decir algo.

Sí, muy buena – me contestó.

¿Y ya has visto la última película de Tarantino?

¡No! Eso es sólo propaganda – respondió.

¿Propaganda? ¿A qué te refieres?

Me refiero a Hollywood. Todo es un gran entramado para controlarnos y manipular la verdad. Siempre ha sido así y siempre lo será. Quieren hacernos creer que hubo genocidio en la Segunda Guerra Mundial, pero no fue así.

¿Qué? ¿De verdad no crees en el Holocausto?

Qué va, eso no es más que un mito – Dimitris lo decía seriamente aunque yo seguía pensando que era una broma– y te lo puedo demostrar con páginas web muy buenas; fueron los libros de historia ingleses que propagaron semejante engaño.

¿Pero cómo puedes decir eso? Es conocimiento general y todos los historiadores afirman que es un hecho.

No porque todos crean que una mentira es cierta se transforma en verdad.

¿Y los testigos, los campos de concentración? – pregunté, ya que parecía tan seguro de sus afirmaciones que casi que me hace considerar su idea.

¡Todo es un gran montaje! Nos quieren lavar el cerebro.

Pero si dices que Hollywood sólo imparte propaganda, ¿Cuál es su objetivo? ¿Cuál es el retorcido mensaje que estos directores y productoras quieren meternos?

Dimitris se quedó mirando su cerveza por un rato.

No lo sé...

Entonces, ¿Cómo puedes estar tan seguro de que nos quieren manipular si no sabes para qué lo hacen?





¿Pedimos otra ronda? invito yo está vez - y se dirigió a la barra de pub.

O'Higgins y Mackenna

Una nación puede estar oprimida por siglos mientras que la semilla de la libertad brota y germina en los corazones de los pueblos. Es por eso que solo nos gusta leer el final de las historias, ya que es ahí donde se concentra toda la acción, la pasión y amor por defeder la tierra propia. Sin embargo, no se debe olvidar que las buenas historias son historias de abuelos, padres e hijos.

Esta historia comienza en Irlanda en el año 1649. Durante siglos la familia de Roger y Margaret O’Higgins había señoreado las tierras de Ballynary, en el condado de Sligo al noreste del país, impartiendo justicia y bienestar a los miembros de su clan. Sin embargo, una amenaza acechaba la paz de su condado. Las tropas inglesas lideradas por el tirano Oliver Cromwell habían decidido invadir y conquistar su amada patria. El clan O’Higgins no pretendía rendirse ante los ingleses sin antes luchar hasta el final. Era su tierra y estaban dispuestos a dar la vida para protegerla.

Roger O’Higgins organizó sus tropas que no eran más que unos cuantos valientes aldeanos y granjeros. A su lado también se encontraba, el joven William Mackenna, un gran amigo, que había venido desde Ulster, en el norte de Irlanda, con una pequeña guarnición para ayudar a resistir. Irlanda resistió las tropas inglesas por más de nueve meses. Roger y William pelearon junto a sus compañeros, pero lamentablemente no fueron rivales para las tropas inglesas mejor preparadas y mayores en número.Después de nueve meses Irlanda cayó ante el poder de las legiones de Cromwell. Masacrados, miles de irlandeses entregaron sus vidas en el campo de batalla, sus hijos fueron descuartizados y sus mujeres violadas y torturadas. Las salvajes atrocidades que cometieron las tropas de Cromwell jamás serían olvidadas en estas tierras célticas. Roger y William defendieron su patria hasta la muerte.

Tras su muerte, el hijo de Roger, Charles, pasaría a convertirse en el líder de un clan al cual se le avecinaban tiempos difíciles. Pasarían más de trescientos años hasta que Irlanda volviera a recuperar su libertad. La guerra había dejado en bancarrota a la familia. Oliver Cromwell expropió las tierras de los O’Higgins dejándolos con apenas un pequeño cotarro para todo el clan. Incluso después de la muerte del tirano, Irlanda seguía a merced de sus opresores. El hambre, el frío y las pestes se encargaban de diezmar a la población. Tampoco había ninguna esperanza para poder mejorar su situación, ya que en su condición de católicos no tenían derecho a recibir educación, comprar tierras, u ocupar cargos en la administración. Tal fue su pobreza, que a Charles y su familia emigraron al condado de Meth, y no le quedó otra a él y a sus hijos que convertirse granjeros al servicio de la familia Rowley-Langford.

Ambrosio, el hijo más pequeño de Charles, no se conformaba con una vida de granjero y en 1751 emigra hacia Cádiz en busca una vida mejor. Durante años trabajó como un empleado en una empresa internacional de comercio. Cinco años después, vuelve a emigrar hacia el nuevo mundo en donde comercia en el Perú, la Argentina y el Paraguay. Su astucia e inteligencia le permitieron triunfar en todos sus negocios. Unos años más tarde partiría a la Capitanía General de Chile en la que trabajaría como ingeniero construyendo caminos. Luego pasaría a cargos en la administración en los que ascendería hasta convertirse en Gobernador de Chile en 1788. La administración del estado de este sabío irlandés fue ejemplar, muchas fueron sus obras, como la construcción de un camino que unió Valparaíso y Santiago, abolió el trabajo forzado de los indígenas y fundó muchas ciudades. Una de las cuales bautizaría en memoria a su ciudad natal, Ballynary, aunque con los años el nombre se castellanizaría y pasaría a llamarse Vallenar. Tan buena fue su gestión que la monarquía española lo nombró Virrey del Perú.

Ambrosio O’Higgins muere en 1801 pero este no sería el fin de su clan. Su hijo Bernardo volvería de Europa en donde cursaba sus estudios unos años después. Ya en Chile conoce a un antiguo colega de su padre, Juan Mackenna, quién era nada más y nada menos que el bisnieto de William Mackenna aquel joven que luchó junto al Bisabuelo de Bernardo. Ambos van a ser los protagonistas de una nueva lucha, en la que defenderán los derechos de los oprimidos de esta nueva tierra, que ahora también es la suya. Quién hubiera imaginado que Bernardo O’Higgins y Juan Mackenna tendrían la oportunidad de repetir la gesta de sus antepasados. En lugar y época distintos el destino los llamará a luchar contra la misma tiranía y opresión a la que sus bisabuelos se habían enfrentado hace más de 150 años.

El helado

Siempre he tenido problemas de concentración. Cuando estudio y pasa una mosca, me quedo mirando la mosca y celebro sus giros y zigzagueos. Para que decir cuando estudio con mi portátil en frente. De hecho, incluso cuando utilizo Internet como herramienta de estudio me desconcentra completamente. Incluso cuando estoy completamente sin nada que me desconcentre, por ejemplo en un examen, mi imaginación me juega malas pasadas. La semana pasada estaba en el Beatriu de Pinos dando el examen de lengua, con un cansancio acumulado de varias horas, y algo mareado. Era un examen muy difícil, y aunque no es el primer ni el último examen que iba a dar, en esta ocasión me estaba jugando muchas cosas, desde becas hasta el orgullo personal de no repetir un examen tres veces.

Pero lo había hecho mal, me había puesto demasiada presión, había estado estudiado las ocho horas anteriores al examen y las fuerzas flaqueaban. El examen duraba cuatro horas, en un martes a las tres la tarde. Usualmente me echo una siesta a esa hora. Y como era de esperar me dieron ganas de dormir. Me puse a pensar en lo que haría cuando terminase: a lo me mejor me compraría un helado. Sí, un helado de pistacho o un Banana Split… me acuerdo cuando pequeño había una heladería en la que preparaban unos Banana Split con virutas de chocolate, nata, caramelo y manjar… que ganas, tal vez si pido que le pongan dulce de leche en la gelatería italiana del paseo marítimo, a lo mejor tienen… sí, que bien…

Mientras dormitaba me di cuenta de que habían pasado ya tres horas de examen. Y aún me quedaba todo un bloque por terminar. Ya a esas alturas las letras tiritaban y saltaban de un lado del folio al otro. Me di cuenta que ya no podía más, así que entregué el examen. Luego me compré mi helado, bueno no venden de los que quería, pero me compré un Maxibon. El examen, ah sí, he aprobado, pero no sé cómo, la mitad del tiempo estuve pensando en helados.