Los hijos del limo, de Octavio Paz (resumen)

El principal asunto de esta obra es la tradición moderna de la poesía. La expresión no sólo significa que hay una poesía moderna sino que lo moderno es una tradición. Los hijos del limo son todos aquellos de la generación modernista que vivieron la ruptura total con los antiguos paradigmas y pasaron a ser hijos del limo en lugar de hijos de Dios como dice el obra de Gérard de Nerval: “Celui qui donna l’âme aux enfants du limon”. Se habla de la modernidad como de una tradición y se piensa que la ruptura es la forma privilegiada del cambio. La modernidad es una tradición polémica y que desaloja a la tradición imperante, cualquiera que sea ésta; pero la desaloja sólo para, un instante después, ceder el sitio a otra tradición que, a su vez, es otra manifestación momentánea de la actualidad. Lo que distingue a nuestra modernidad de las otras épocas no es la celebración de lo nuevo y sorprendente, aunque también eso cuente, sino el ser una ruptura: crítica del pasado inmediato, interrupción de la continuidad. El arte moderno no sólo es el hijo de la edad crítica sino que también es el crítico de sí mismo.


La modernidad es un concepto exclusivamente occidental y que no aparece en ninguna otra civilización. Todas las sociedades están desgarradas por contradicciones que son simultáneamente de orden material e ideal. Esas contradicciones asumen en general la forma de conflictos intelectuales religiosos o políticos. Por ellos viven las sociedades y por ellos mueren: son su historia. Precisamente una de las funciones del arquetipo temporal es ofrecer una solución transhistórica a esas contradicciones y así preservar a la sociedad del cambio y de la muerte. La modernidad se inicia cuando la conciencia de la oposición entre Dios y Ser, razón y revelación, se muestra como realmente insoluble. A la inversa de lo que ocurrió en el Islam, entre nosotros la razón crece a expensas de la divinidad, y por esto, al fundirse con la razón Occidente se condenó a ser siempre otro, a negarse a sí mismo para perpetuarse. Debido a esto en los grandes sistemas metafísicos que la modernidad elabora en sus albores, la razón aparece como principio suficiente: idéntica a sí misma, nada la funda sino ella misma y, por lo tanto, es el fundamento del mundo. La modernidad es sinónimo de crítica y se identifica con el cambio; no es la afirmación de un principio atemporal, sino el despliegue de la razón crítica que sin cesar se interroga, se examina y se destruye para renacer de nuevo. No nos rige, por tanto el principio de identidad sino la alteridad y la contradicción, la crítica en sus vertiginosas manifestaciones. En el pasado, la crítica tenía por objeto llegar a la verdad; en la era moderna, la verdad es crítica. El principio que funda a nuestro tiempo no es una verdad eterna, sino la verdad del cambio.

En cuanto a la temática moderna se caracteriza entre otras cosas como el gusto por el sacrilegio y la blasfemia, el amor por lo extraño y lo grotesco, la alianza entre lo cotidiano y lo sobrenatural y la dicotomía de negación y pasión por la religión. La poesía es vista como punto de intersección entre el poder divino y la libertad humana, el poeta como guardián de la palabra que nos preserva del caos original: todas estas oposiciones anticipan los temas centrales de la poesía moderna. Esto se convierte en una doble experiencia, un cristianismo sin Dios y un paganismo cristiano que son constitutivas de la poesía de Occidente desde la época romántica. En uno y otro caso estamos ante una doble transgresión: la muerte de Dios convierte el ateísmo de los filósofos en una experiencia religiosa y en un mito; a su vez, esa experiencia niega aquello mismo que afirma: el mito está vacío, es un juego de reflejos en la conciencia solitaria del poeta.

Para entender el modernismo en su totalidad hay que volver atrás hacia el Romanticismo del siglo diecinueve, ya que fueron los primeros en matar la figura de Dios. Pero esto va mucho más allá ya que la poesía romántica no sólo fue un cambio de estilo y lenguajes: fue un cambio de creencias y esto es lo que la distingue radicalmente de los otros movimientos y estilos poéticos del pasado. El pensamiento de esta época se despliega en dos direcciones que acaban por fundirse: la búsqueda de ese principio anterior que hace de la poesía el fundamento del lenguaje y, por tanto, de la sociedad; y la unión de ese principio con la vida histórica. El romanticismo fue una reacción contra la Ilustración y por tanto, estuvo determinado por ella: fue uno de sus productos contradictorios. Tentativa de la imaginación poética por repoblar las almas que había despoblado la razón crítica, búsqueda de un principio distinto al de las religiones y negación del tiempo fechado de las revoluciones: es por esto que el romanticismo es la otra cara de la modernidad: sus remordimientos, sus delirios, su nostalgia de una palabra encarnada. Ambigüedad romántica: exalta los poderes y facultades del niño, el loco, la mujer, el otro no racional, pero los exalta desde la modernidad.

El romanticismo español se puede considerar una imitación del Romanticismo francés, observando que, mientras que el primero fue una reacción contra la Ilustración y la razón crítica, el segundo no cuestionó dicha modernidad por haber permanecido excluido de la misma. Pero a su vez el Romanticismo español fue en muchos aspectos mucho más rico que el latinoamericano. Pero hay un importante hecho histórico que ocasiona un cambio de rumbo en la literatura latinoamericana: la Revolución de Independencia. En este proceso el continente se distancia de España. En la segunda mitad del siglo XIX se produce un corte tajante con la misma, ocasionado por el advenimiento del positivismo al tiempo en que el krausismo se implantaba en la península.

Hacia 1880, en Hispanoamérica surge el movimiento literario llamado modernismo. Se puede definir como un estado del espíritu, una “respuesta al positivismo, la crítica de la sensibilidad y el corazón -también de los nervios- al empirismo y el cientificismo positivista”. Se enfatiza sobre la influencia de la poesía francesa, especialmente del parnasismo y del simbolismo.

Rubén Darío es una de las figuras centrales del modernismo. Fue éste mismo el que utilizó, en 1888, la palabra modernismo para nombrar las nuevas tendencias literarias. Pasando al plano más concreto del ámbito poético, es interesante mencionar lo que puede llamarse como “revolución métrica”. Siguiendo el camino trazado por los franceses habrá una reaparición de la métrica tradicional que provocará, a través de la experimentación, la resurrección de la versificación acentual culminando, en la época moderna, en la versificación irregular rítmica. En este proceso es clave la visión analógica que del universo tenían los poetas, que derivaba de la influencia de la tradición ocultista. En este sentido será central el uso de la ironía y del lenguaje coloquial. Este último es conectado con la relación que se traza entre la versificación regular silábica y la versificación acentual con el verso y la prosa respectivamente.

Romanticismo y modernismo son movimientos juveniles: ambos son rebeliones contra la razón, sus construcciones y sus valores; en ambos el cuerpo, sus pasiones y sus visiones – erotismo, sueño, inspiración – ocupan un lugar cardinal: ambos son tentativas por destruir la realidad visible para encontrar o inventar otra – mágica, sobrenatural, superreal. En ambos movimientos el yo se defiende del mundo y se venga con la ironía o con el humor. Todos tenían conciencia paradójica de su negación: al negar al pasado lo prolongaban y así lo confirmaban; ninguno advirtió que, a diferencia del romanticismo, cuya negación inauguró esa tradición, la suya la clausuraba. La vanguardia es la gran ruptura y con ella se cierra la tradición de la ruptura. Ya en la segunda mitad del siglo XX, aparecen ciertos signos que indican un cambio en nuestro sistema de creencias, como que la concepción de la historia desde un proceso lineal progresivo. Esto que en cierta manera era la justificación del modernismo se ha revelado inconsistente, y por ende la modernidad comenzó a perder fe en sí misma.

PAZ, O.: Los hijos del limo. Del romanticismo a la vanguardia. Barcelona, Ed. Seix Barral.

1 comentario:

  1. Muchas gracias. Me ayudaste a poner todo el libro en orden después de leerlo.
    Saludos.

    Jaa na !!

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