Fuera del púlpito lo sublime desvanecía ante lo prosaico.
Desde pequeño me llevaron a la iglesia. Aunque no recuerdo la figura del Cristo crucificado; no estaba. En mi iglesia no había figuras de piedra ya que Dios era invisible, sin embargo era capaz de todo lo imposible - eso fue lo que me inculcaron. Dios que del cielo nos manda su divina providencia - Dios todo lo puede. No había tarea que le fuera imposible. Detenía el sol y la luna, abría el mar, alimentaba a cinco mil, resucitaba a los que dormían bajo tierra y salvaba a los cautivos. Toda frase, toda acción, toda realidad era axiomática, si de esta iba precedida el enunciado “Dios puede…”
No, no era así, ya que muchos no creían lo que con su boca decían. Ni un mísero resplandor del poder de Dios llegaba a realidad del lunes por la mañana. "El Dios encarnado bajo de los cielos a redimirnos"… ¿pero dónde estaba esa redención? Yo no la veía. Sólo escuchaba palabras, sólo veía miedo: miedo a perder el trabajo, miedo vivir en la miseria, miedo al porvenir. ¿Dónde estaba la fe? Yo no la veía. ¿Dónde está la fe cuando nadie cree en sus sueños? Sólo veía inercia, sólo veía angustia, sólo veía egoísmo. Me enseñaron que en esta vida sólo resta sobrevivir. Me enseñaron que tendría que trabajar en algo que odiaría. Me enseñaron a que no osara soñar, me enseñaron a resignarme. Me enseñaron a vivir en un mundo en que el fuerte siempre iba a abusar al débil. Todo era posible con Dios, menos soñar con esperanza.
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